Blog de viajes, turismo y fotografía. Porque creo que una foto inspira más que cientos de palabras. Viajar es serendipity, el descubrimiento de lugares bellos e inesperados
28 de febrero de 2009
En Miami Beach, conocer The Wolfsonian Museum
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23 de febrero de 2009
Volver....

No es el tango. Tampoco el relato de un exilio.
Lo mío es escribir sobre viajes. Por eso mi pasión por la fotografía y por narrar en mis blogs.
Hoy les cuento lo que me sucede cuando regreso... precisamente de un viaje. Elijo uno, cualquiera.
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Es el mes de febrero. Vuelvo a Argentina desde Miami... El vuelo sale a las 19 horas. Como de costumbre, hay que presentarse tres horas antes en el aeropuerto. Regla de oro. Y se cumple. Después de todos los trámites, sólo quedan escasos minutos para relajarse antes de volar a destino.
Varias valijas bien cargadas de objetos y de recuerdos, listas para ser despachadas en la bodega.
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Ese último día antes de partir, teníamos la mayor parte del equipaje preparado, las cosas listas para guardarlas. Pero lo de último momento, lleva tanto tiempo… Amaneció bastante nublado, el primer día así en toda nuestra estadía. No invitaba a tomar sol al lado de la pileta antes de cambiarnos. Terminamos entonces de arreglar las valijas y los bolsos.
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Nunca me agradó esta parte de un viaje. Me cansa física y mentalmente. Es un verdadero desgaste, una maraña de pequeñas decisiones. Fanática del orden, no coincido con los criterios de los demás miembros de mi familia para colocar cada cosa en su lugar. Detesto que las valijas estallen. Menos forzarlas a que entre todo en ellas. Volver...
Lo peor es que siempre falta guardar ese "algo de último momento”. Un jean, el shampoo, los simpáticos peluches, los costosos perfumes, y que, sin dudas, terminarán ocupando el precioso lugar de una valija… más un bolso de mano.
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Además, mientras se deposita cada pequeña cosa, aparece la evocación del sitio por donde se anduvo, el del lugar donde se lo compró y qué se hizo después. Acostumbro llevar folletería de todo tipo: de galerías de arte, de restaurantes, de exposiciones y de ofertas. Peso y lugar adicionales, está claro.
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Otra de mis preocupaciones constantes es la de definir quien lleva cada valija, de modo tal de repartir la carga. Mochilas y bolsos, lo que acarreamos desde el apartamento hasta el taxi, desde la parada hasta el mostrador de la aerolínea, todo, absolutamente todo, cuenta, pesa, cansa...
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Y la cuestión del peso de cada bulto. Siempre me asalta la duda. ¿Será posible subirlo a bordo, en la cabina? ¿Y las camperas, van en los bolsos o viajan con nosotros? Cuando suben demasiado el aire acondicionado, se trata de dormir como se puede, y está tan fresco en esa caja incómoda...
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No me olvido de los asientos penosos, del servicio a bordo, de las turbulencias, de las azafatas apenas cordiales, de las fobias a los vuelos para después tener que resolver las consecuencias del jet-lag.
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Al fin, de eso se trata. De volver al hogar, a la rutina. De intentar recrear, a veces, la mayoría de la veces sin éxito, el espíritu de las vacaciones, ese paréntesis único entre los momentos de la vida cotidiana.
Volver...
Cómo me cuesta volver. Reconozco casi que no quiero volver. No acepto dejar de vivir la experiencia de viajar. ¿Hay experiencia más completa? Conocer, mirar, aprender, transitar, sorprenderse. Escuchar hablar otros idiomas, o el mismo, pero con otro acento, impregnado de otras maneras de decir. No: no acepto dejar de recorrer nuevos lugares, de compartir hermosos momentos con seres queridos. Siempre queda algo pendiente. Hay tanto por conocer...
Quiero seguir dejándome llevar por las costumbres de cada sitio hasta que se me incorporan por un tiempo, y a veces, para siempre. Entonces, traerlas conmigo. No tienen sobrepeso.
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No. Definitivamente, amo viajar, no me agrada volver…
Sólo si tengo la certeza de que voy a volver…. a partir.
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2 de febrero de 2009
El calor de Rosario "nos tiene a mal traer ..."
Es la querida ciudad donde nací, y de donde, juro, no me iría por nada. La otrora pequeña urbe que vivió durante años de espaldas al río.
No la cambiaría por ninguna otra. Ni siquiera por la luminosa Buenos Aires, donde había nacido mi madre. ¿Por qué querría vivir yo en otro lado que no fuera la segunda ciudad de la república?
Papá, hombre de principios del siglo XX, recordaba que Rosario era la “Chicago Argentina”. ¿Era eso un elogio o una carga pesada?
No importa ya. Ni aún cuando mis padres se fueron para siempre consideré por un minuto partir.
Divina Rosario. Pero con este clima “que nos tiene a mal traer…”, como decía mamá.
Veranos cada vez más largos. E insoportables. Veranos que te hacen preguntarte si alguna vez existió el invierno. Veranos saturados.
Y esta humedad que te aplasta, como si fuera una presencia física.
Dicen que Santa Fe capital es peor...
Sin embargo por acá tenemos días en los que cuesta tomar una bocanada de aire.
Los rosarinos salimos temprano a hacer nuestros quehaceres. Uno trata de acumular los trámites, las actividades, todo antes de que llegue el tan temido mediodía. Temido como un castigo, de sol que parte la tierra. Caminamos despacio, manejamos prudentes, para no cansarnos, para no alterarnos antes de la hora pico. Todo para huir del mediodía. Dejarlo atrás para zambullirnos en ambientes acondicionados artificialmente. Tanto que también enferman un poco.
El gobierno central de una señora rige el clima y los biorritmos corriéndonos el huso horario. Hay mañanas en las que estamos, además, con falta de horas de sueño. La costumbre de la siesta se convierte en un alivio para algunos.
Pero este verano rosarino vino una novedad: la sequía.
Esta seca “nos tiene a mal traer…” No llueve nunca y crea un paisaje extraño. El río baja y los elegantes veleros encallan en La Florida. Sorprende la perspectiva de las islas de enfrente. Algún que otro surubí asoma sediento. El Monumento a la Bandera parece un espejismo. Los árboles más viejos del Parque de la Independencia tienen paisaje de otoño.
Desesperan los campesinos. Hasta el señor obispo llegó a pedir que rezáramos por unas gotas de agua.
Es que todo cambia. Menos el calor que aprieta a Rosario. Hasta ocurren milagros: los leprosos tienen el pecho tibio.
Pero … a no confundir. Esta ciudad no es Santiago del Estero.
Y no la cambio por nada.
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1 de febrero de 2009
Descubriendo el David, Galería de la Academia, Florencia
Quiero compartir la visita que hice a la célebre Galería de la Academia en Florencia, un hermoso día domingo de abril.
Terminado este primer recorrido, todos nos dirigíamos a ver la obra cumbre de Miguel Ángel, el principal atractivo de la Galería, el Davide.
La gran escultura es no solo bella, sino imponente.
Los detalles del cuerpo no parecen esculpidos en un material tan duro. Se observa la tensión de los músculos, las manos, el rostro. Una maravilla.
El pastor David está representado en una posición de meditación después de su victoria sobre el gigante Goliath.
Apenas se puede ver el arma que David utilizara contra Goliath.
En el año 1873 la estatua original fue trasladada a la Galleria dell´Accademia.
Una visita sumamente recomendable.
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