2 de febrero de 2009

El calor de Rosario "nos tiene a mal traer ..."

Esta humedad insoportable de Rosario…
Es la querida ciudad donde nací, y de donde, juro, no me iría por nada. La otrora pequeña urbe que vivió durante años de espaldas al río.
No la cambiaría por ninguna otra. Ni siquiera por la luminosa Buenos Aires, donde había nacido mi madre. ¿Por qué querría vivir yo en otro lado que no fuera la segunda ciudad de la república?
Papá, hombre de principios del siglo XX, recordaba que Rosario era la “Chicago Argentina”. ¿Era eso un elogio o una carga pesada?
No importa ya. Ni aún cuando mis padres se fueron para siempre consideré por un minuto partir.
Divina Rosario. Pero con este clima “que nos tiene a mal traer…”, como decía mamá.
Veranos cada vez más largos. E insoportables. Veranos que te hacen preguntarte si alguna vez existió el invierno. Veranos saturados.
Y esta humedad que te aplasta, como si fuera una presencia física.
Dicen que Santa Fe capital es peor...
Sin embargo por acá tenemos días en los que cuesta tomar una bocanada de aire.
Los rosarinos salimos temprano a hacer nuestros quehaceres. Uno trata de acumular los trámites, las actividades, todo antes de que llegue el tan temido mediodía. Temido como un castigo, de sol que parte la tierra. Caminamos despacio, manejamos prudentes, para no cansarnos, para no alterarnos antes de la hora pico. Todo para huir del mediodía. Dejarlo atrás para zambullirnos en ambientes acondicionados artificialmente. Tanto que también enferman un poco.
El gobierno central de una señora rige el clima y los biorritmos corriéndonos el huso horario. Hay mañanas en las que estamos, además, con falta de horas de sueño. La costumbre de la siesta se convierte en un alivio para algunos.
Pero este verano rosarino vino una novedad: la sequía.
Esta seca “nos tiene a mal traer…” No llueve nunca y crea un paisaje extraño. El río baja y los elegantes veleros encallan en La Florida. Sorprende la perspectiva de las islas de enfrente. Algún que otro surubí asoma sediento. El Monumento a la Bandera parece un espejismo. Los árboles más viejos del Parque de la Independencia tienen paisaje de otoño.
Desesperan los campesinos. Hasta el señor obispo llegó a pedir que rezáramos por unas gotas de agua.
Es que todo cambia. Menos el calor que aprieta a Rosario. Hasta ocurren milagros: los leprosos tienen el pecho tibio.
Pero … a no confundir. Esta ciudad no es Santiago del Estero.
Y no la cambio por nada.