23 de febrero de 2009

Volver....



No es el tango. Tampoco el relato de un exilio.

Lo mío es escribir sobre viajes. Por eso mi pasión por la fotografía y por narrar en mis blogs.

Hoy les cuento lo que me sucede cuando regreso... precisamente de un viaje. Elijo uno, cualquiera.

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Es el mes de febrero. Vuelvo a Argentina desde Miami... El vuelo sale a las 19 horas. Como de costumbre, hay que presentarse tres horas antes en el aeropuerto. Regla de oro. Y se cumple. Después de todos los trámites, sólo quedan escasos minutos para relajarse antes de volar a destino.

Varias valijas bien cargadas de objetos y de recuerdos, listas para ser despachadas en la bodega.

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Ese último día antes de partir, teníamos la mayor parte del equipaje preparado, las cosas listas para guardarlas. Pero lo de último momento, lleva tanto tiempo… Amaneció bastante nublado, el primer día así en toda nuestra estadía. No invitaba a tomar sol al lado de la pileta antes de cambiarnos. Terminamos entonces de arreglar las valijas y los bolsos.

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Nunca me agradó esta parte de un viaje. Me cansa física y mentalmente. Es un verdadero desgaste, una maraña de pequeñas decisiones. Fanática del orden, no coincido con los criterios de los demás miembros de mi familia para colocar cada cosa en su lugar. Detesto que las valijas estallen. Menos forzarlas a que entre todo en ellas. Volver...

Lo peor es que siempre falta guardar ese "algo de último momento”. Un jean, el shampoo, los simpáticos peluches, los costosos perfumes, y que, sin dudas, terminarán ocupando el precioso lugar de una valija… más un bolso de mano.

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Además, mientras se deposita cada pequeña cosa, aparece la evocación del sitio por donde se anduvo, el del lugar donde se lo compró y qué se hizo después. Acostumbro llevar folletería de todo tipo: de galerías de arte, de restaurantes, de exposiciones y de ofertas. Peso y lugar adicionales, está claro.

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Otra de mis preocupaciones constantes es la de definir quien lleva cada valija, de modo tal de repartir la carga. Mochilas y bolsos, lo que acarreamos desde el apartamento hasta el taxi, desde la parada hasta el mostrador de la aerolínea, todo, absolutamente todo, cuenta, pesa, cansa...

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Y la cuestión del peso de cada bulto. Siempre me asalta la duda. ¿Será posible subirlo a bordo, en la cabina? ¿Y las camperas, van en los bolsos o viajan con nosotros? Cuando suben demasiado el aire acondicionado, se trata de dormir como se puede, y está tan fresco en esa caja incómoda...

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No me olvido de los asientos penosos, del servicio a bordo, de las turbulencias, de las azafatas apenas cordiales, de las fobias a los vuelos para después tener que resolver las consecuencias del jet-lag.

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Al fin, de eso se trata. De volver al hogar, a la rutina. De intentar recrear, a veces, la mayoría de la veces sin éxito, el espíritu de las vacaciones, ese paréntesis único entre los momentos de la vida cotidiana.

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Cómo me cuesta volver. Reconozco casi que no quiero volver. No acepto dejar de vivir la experiencia de viajar. ¿Hay experiencia más completa? Conocer, mirar, aprender, transitar, sorprenderse. Escuchar hablar otros idiomas, o el mismo, pero con otro acento, impregnado de otras maneras de decir. No: no acepto dejar de recorrer nuevos lugares, de compartir hermosos momentos con seres queridos. Siempre queda algo pendiente. Hay tanto por conocer...

Quiero seguir dejándome llevar por las costumbres de cada sitio hasta que se me incorporan por un tiempo, y a veces, para siempre. Entonces, traerlas conmigo. No tienen sobrepeso.

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No. Definitivamente, amo viajar, no me agrada volver…

Sólo si tengo la certeza de que voy a volver…. a partir.