17 de marzo de 2012

Roger Waters, The Wall Live, en Buenos Aires, Argentina






El jueves asistí a uno de los nueve conciertos que Roger Waters,  The Wall Live está dando en Argentina, en el estadio de River Plate. Fue un espectáculo inolvidable.

Aunque la mayoría hayamos escuchado y disfrutado de The Wall miles de veces, nada se compara con este show. Todos los sentidos se pusieron a prueba para enfrentar a la pared, la protagonista indiscutible, casi exclusiva del concierto.

The Wall Live te deja sin palabras.
En lo personal, creo que fue un hito, siempre habrá un antes y un después de este show. Siempre volveré a comparar otros con este. Tal vez encuentre uno igual. Mejor, no creo. Desde el punto de vista artístico fue un espectáculo único en su tipo, sobre todo desde lo visual agregado al gran concierto. Casi cinematográfico, de la era de los films 3D.






The Wall, la pared como protagonista...
La pared nos sobrecogía, nos abrumaba, mientras se iba construyendo delante de nuestros ojos. Mientras Waters y su banda tocaban, cada ladrillo se iba sumando al anterior para crear una atmósfera fantástica y opresiva.

Nadie pudo quedar ausente. Nadie pudo escapar.

En uno de los instantes que más recuerdo, asistimos a un dueto impensado: “Mother” se ejecutó a dos voces, Waters, el jueves, en River, cantaba con aquél joven Waters de 1980, pero en la pantalla.






Un gran espectáculo con contenido político era recreado por Roger Waters vestido con remera y pantalones negros ajustados, para después sacudirnos desde ese uniforme militar negro, el de un dictador que nos gritaba y amenazaba, su imagen reproducida en la pared cientos de veces. A veces parecía un hombre diminuto moviéndose junto al enorme muro, otras veces se agigantaba, proyectado  sobre la enorme pared-pantalla. 







Las luces y el sonido nos envolvían. El estallido de un avión sobre lo alto del escenario, el rugir de un helicóptero, todo parecía demasiado real.

La pared crecía minuto a minuto hasta llegar encerrar a la orquesta, y separarla del público.







Las imágenes de víctimas de todas las guerras contemporáneas que acompañaron varios momentos del concierto, nos emocionaban hasta las lágrimas.

Ahí seguía "ella", la pared que se agigantaba desde que Roger Waters comenzó a ejecutar In the Flesh, y se volvía una monumental obra de "street art". Le siguieron marionetas gigantescas, hasta el famoso cerdo que flotaba sobre nuestras butacas.
Todo resultaba por demás sorprendente, y por momentos, onírico.








Cuando Rogers interpreta Another Brick in The Wall, un grupo de niños corea, baila a su alrededor, y acompaña la puesta de una de las canciones más esperadas del concierto.

Como una suerte de monumental manifiesto anticapitalista y antibelicista del artista, se sucedían leyendas, como la de Bring the Boys Back Home, tags e imágenes infatigables, que no nos daban respiro. 
Luego Waters recordó a las Madres de Plaza de Mayo, homenajeadas con un tibio aplauso, pero también a Ernesto Sabato por su lucha en favor de los derechos humanos en nuestro país. Es precisamente cuando se nombra al gran escritor cuando sucede la verdadera ovación.





Uno de los momentos cumbre fue el solo de guitarra de Comfortably Numb. De antología.

Luego de la pausa que se hace justo en la mitad del show, Waters nos preguntaría si había algún paranoico en el estadio.
La respuesta estuvo a continuación, cuando imágenes salidas de una pesadilla y la gigantesca pared parecieron abatirse sobre nosotros. El sonido envolvente hizo que mirásemos en derredor buscando el origen de cada estruendo. Yo misma me encontré chequeando la salida a mi alrededor y sintiéndome encerrada en el gran estadio, casi como la pequeña persona que al inicio fue traída a escena como un títere, y cuya imagen, hacia el final, también aparecía arrinconada en la gran pared-pantalla.

Poco importó el momento final tan esperado, en el que la ominosa pared cae, se derrumba y nos libera.
Ya era tarde. Habíamos sucumbido a la magia.

Fue una experiencia inolvidable compartida con otros 50.000 espectadores.

P.S.
El equipo completo que acompaña a Waters (fuente, diario La Nación) son Snowy White y Dave Kilminster en guitarras, G. E. Smith en guitarra y bajo, Jon Carin en teclados, Harry Waters en organo Hammond, Graham Broad en batería, Robbie Wyckoff, una voz increíble, Jon Joyce, Pat Lennon, Mark Lennon y Kipp Lennon en los demás coros.

P.S. bis
Las imágenes que publico fueron tomadas con la cámara de mi cellphone BlackBerry. Sabrán disculpar si no tienen la nitidez acostumbrada. Preferí asistir al concierto sin mi cámara, para poder disfrutarlo mejor.
No me equivoqué.