22 de agosto de 2013

Y un día llegué al Mont Saint-Michel







Durante mi último viaje a Francia, tuve la oportunidad de concretar un sueño largamente acariciado: visitar el Mont-Saint-Michel
Hacía bastante tiempo que había visto maravillada esas primeras imágenes de ese monte mágico en una emisión de TV5. Desde ese día soñé verlo con mis propios ojos. 
Suerte de peregrino, pude comprobar su título de obra de arte de la naturaleza, de patrimonio natural de toda la humanidad. 
Esa jornada calurosa de primavera, tuve la primera mirada del Mont Saint-Michel, ese vistazo lejano en el límite de los campos verdes, una vista inolvidable. 
Tan lejano, lo vi de a poco, acercándose. 
Una maravilla, un instante único. 
Yo, una trotamundos llegada desde la lejana Argentina, enamorada de Francia, de sus paisajes y de su cultura, yo, estaba al fin allí.











Ubicado entre la tierra y el mar, la bahía del Mont-Saint-Michel, es sorprendente. 
El día de mi visita, la famosa marea era baja, por lo que había mucha gente que la atravesaba a pie, a caballo o en bicicleta. 
Todos buscaban acercarse de a poco. Era una especie de "degustación" del paisaje. Yo también buscaba hacerlo. 
El panorama que se extendía delante de nuestros ojos era verdaderamente único. La riqueza de ese suelo fuera de lo común es evidente. Además, me encantó ver ese color gris. Había leído sobre esos terrenos planos que se inundan, los que se denominan prés-salés, ubicados muy cerca del mar. No obstante, hay que verlos para comprender ese paisaje casi lunar, no polvoriento, sino mayormente húmedo.









Lugar de peregrinaje, todos llegábamos al Monte Saint-Michel con devoción. 
Después de dejar el automóvil en el parking, preferí no caminar, pero llegar en "passeur", una moderna navette o vehículo reversible sobre neumáticos que permite llegar al Monte en sólo 6 minutos. 
Los trabajos de mejoras para el camino que lleva hacia el monte y el santuario eran febriles aquel día. Una pena ya que había mucho ruido y polvillo por todas partes. 
Sin embardo, y casi como si nada, una verdadera marea humana marchaba feliz hacia esa suerte de meca. Maravillada, yo marchaba también hacia ese lugar singular tan ligado a la historia de Francia y ubicado en lo alto de una colina, como si quisiera alcanzar el cielo. 
El marco bajo el sol de mayo era imponente.



El Mont Saint-Michel y su abadía tienen la perspectiva de una joya natural. De pronto, nos damos cuenta que estamos delante de un monumento antiguo y formidable. La silueta emblemática del santuario está ubicada sobre un islote rocoso desde hace miles de años. 
La bahía, trabajada por la naturaleza, nos parecía infinita. 
Se aprecia un paisaje golpeado por las mareas eternas que no han podido quebrantar su enorme belleza. 
Esta colina parece una isla en el medio de campos verdes. 
Uno se pregunta: Cómo es posible?







Entre cansada y feliz, llegué al poblado mágico en la colina
Descubrí una ciudad medieval protegida por sus gruesas murallas, tal y como debía lucir en la antigüedad. 
Encontré una gran calle central y muchas callejuelas que suben y que conducen por aquí y por allá. 
Los visitantes somos muchos, entonces el recorrido se hace difícil por momentos, tanto como encontrar una mesa libre en Mère Poulard. En mi caso, dejé la degustación de la famosa omelette para la próxima visita. 
Vi muchos negocios de souvenirs, muchos más de los que había imaginado. Dado que se trata de un destino casi religioso, había pensado en un lugar mucho más tranquilo. 
Pero no, el Monte Saint-Michel y su abadía son lugares que distan mucho de ser tranquilos.







En un primer tramo encontramos la pequeña y encantadora iglesia parroquial Saint-Pierre. Ella es hermosa y muy tranquila. Sus vitrales son admirables. 
Algunos pasos más allá el sendero está bordado por pequeña casas antiguas con sus bonitos jardines en el frente. En ese momento me detuve a pensar en la vida cotidiana de los habitantes del la ciudad, hace siglos.











La vista de la abadía y de la iglesia medieval del Monte Saint-Michel es magnífica. El conjunto de edificios que la componen se benefician de donde están ubicados, precisamente en la cima de la colina. Desde allí el paisaje quita el aliento. Se entiende entonces eso que se dice del monumento. Que se trata de "una abadía entre cielo, tierra y mar".









Grupo de edificios representativos de los diferentes estilos de la Edad Media, la abadía abarca la inmensidad de las arenas de la bahía. 
Además, a lo largo del camino que recorrimos dentro de la villa medieval, los puntos de vista panorámicos dominando los alrededores, la ciudad y las murallas se suceden. Vale la pena detenerse un momento en cada uno de ellos, disfrutar así del paisaje de la región, un paisaje singular, totalmente distinto a otros que hayamos visto. Esto se los puedo asegurar.






En un momento dado, hay que emprender el regreso... y el descenso
El panorama permanece incomparable. 
Los alrededores señalan claramente el aislamiento del monte. 
El horizonte se destaca y recorta lejano. 
Hace falta volver de la ensoñación. Eso pasa cuando se cumple un deseo. Tenía que dejar el monte. Oh, que pena, tenía que bajar. 
Feliz, emocionada, me di cuenta de que había cumplido mi sueño. Me regocijé a cada paso, con cada mirada, ante cada paisaje.









La navette nos condujo al punto de partida, las pupilas todavía encandiladas por las imágenes increíbles. 
Al fin, hice un paseo final por el barrage o represa del Mont Saint-Michel, hasta poder dar una última mirada, de tomar alguna otra foto de ese paisaje sublime

La visita del Monte Saint-Michel, un sitio de excepción e imperdible, uno de los mejores y más bellos recuerdos que guardaré de mi última estadía en Francia. Después, el viaje siguió hacia otro punto maravilloso: Saint-Malo.

Para organizar vuestra visita y obtener más información, pasen por el Sitio del Mont Saint-Michel

Mis coordenadas:
Monte Saint-Michel
Departamento de la Mancha
Región Baja Normandía
Francia

Copyright©2013 “Viajes, lugares de Argentina y del mundo” by Elisa Nievas


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