13 de mayo de 2017

Aventura en la Patagonia: expedición Vía Australis hacia el Cabo de Hornos

Crucero Australis, Cabo de Hornos, Patagonia, Canal de Beagle, Ushuaia, Chile, Argentina

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Por estos días trato de ser tan bloguera como viajera.
Me propuse el desafío de volver a escribir en este, mi blog en español, retomar mis historias viajeras en mi idioma y hacer dormir mi querido blog en francés por un buen rato. Estoy ansiosa por contarles sobre mi viaje reciente, un hermoso recorrido que hice por España. Pero noté que me quedaron muchas aventuras por narrar. Está mi viaje a Estados Unidos, el de Medio Oriente y el de Gran Bretaña e Irlanda.
Pero también está mi última aventura en Patagonia a bordo del crucero Australis.
Empecemos por ella.
Me embarqué en Ushuaia en el crucero número 256 de la compañía, para vivir una experiencia única, les aseguro. Fue la ocasión de descubrir lugares extraordinarios de la Patagonia, más precisamente en Tierra del Fuego hasta alcanzar el mítico Cabo de Hornos.
Vaya si fue una aventura.

Crucero Australis, Cabo de Hornos, Patagonia, Canal de Beagle, Ushuaia, Chile, Argentina
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Además de vivir una hazaña, para mí fue todo un desafío el solo hecho de embarcarme en un crucero. Desde que era una niña sufro de mareos hasta cuando viajo en automóvil. Imaginen en lo que me metía. Previsora, fui al médico y me aconsejó tomar la medicación una semana antes de empezar la navegación. Así lo hice y todo salió más que bien. Les cuento esto para que, quienes tengan un problema similar, no se desanimen. Sí, se puede.
Llegamos a Ushuaia, donde nos recibió la nieve ni bien aterrizamos. Era noviembre, por lo que el paisaje y el clima eran completamente distintos al que dejamos en Rosario, mi casa.
A la tarde de un día viernes, embarcamos. El crucero era encantador. El hogar que tendríamos por ese largo fin de semana era acogedor y confortable. El capitán chileno Adolfo Navarro, los oficiales y la tripulación nos recibieron a a bordo. Nos invitaron a compartir un cocktail de bienvenida con los otros viajeros en el gran salón panorámico situado en el cuarto puente.

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La aventura comenzó en el puerto de Ushuaia en la Tierra del Fuego, la ciudad argentina que es en efecto la más austral del mundo, una ciudad de la que les he hablado más de una vez en mi blog. Ushuaia fue uno de los primeros puntos de encuentro entre la cultura Yagan y los misioneros anglicanos que trataron de evangelizar estas tierras inhóspitas y lejanas.

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Todos estábamos ansiosos por conocer a la tripulación que nos acompañaría en las expediciones. Éramos aproximadamente 75 viajeros deseosos de aventuras, venidos de los cuatro puntos cardinales. Pero era preciso tener paciencia. 
Los oficiales nos fueron dando las primeras consignas. Nos hablaron de la seguridad y de cómo se desarrollaría la vida a bordo del crucero Australis
En cuanto a la seguridad, nos pidieron verificar si los chalecos salvavidas asignados en los camarotes eran de la talla correcta. Era fundamental a la hora de desembarcar en los glaciares, las islas y el famoso cabo. 

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Nuestro camarote era muy agradable. Parecía la pequeña habitación de un hotel boutique. La ventanilla no era un simple ojo de buey. Devolvía una vista impresionante sobre el mar y los picos nevados. Un verdadero placer. El crucero zarpaba en el momento de la cena de bienvenida a bordo. Parece que la aventura se celebraría como se merece. 
Al caer la tarde, el panorama del Puerto Navarino iluminado era maravilloso. 
El elegante comedor estaba ubicado en el primer puente. Ahí nos encontramos con nuestros compañeros de travesía. Empecé a conocer gente genial. En nuestra mesa estaba una pareja joven, una alemana y un español, grandes aventureros por lo que nos contaron. También una pareja de argentinos. Toda gente muy simpática, tan entusiasmados como nosotros.

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Les cuento que dormí muy cómoda. Tanto la cena como el desayuno me sentaron perfectamente. Estaba venciendo mi temor al malestar que me había acompañado toda la vida. Estaba comprobando que podía perfectamente realizar la excursión. Me alegré mucho.
El primer día la expedición nos llevó a lo largo del brazo noroeste del Canal de Beagle hasta alcanzar los fiordos los glaciares Garibaldi y Pía. Luego atravesamos la Avenida de los Glaciares
Durante la mañana, después del desayuno, entramos en el Fiordo Garibaldi, nombrado así por el padre salesiano Alberto de Agostini en honor del famoso personaje histórico italiano que luchó por la unificación del país durante el siglo XIX.

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Una vez cerca del glaciar, nos convocaron a hacer un paseo de alta dificultad en el interior del bosque austral y alrededor del glaciar Garibaldi y disfrutar así de la panorámica de los fiordos y de las paredes heladas. 
Preferí permanecer a bordo esta vez, al abrigo del frío, y salir de vez en cuando a tomar algunas lindas fotos del paisaje nevado. El crucero estaba rodeado de hielo, el cielo se había vuelto plomizo, era el entorno perfecto para llevarse un buen recuerdo del momento. 

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Más tarde, la navegación panorámica fue excepcional. 
El barco se acercó lentamente a la pared frontal del glaciar. Contentos, el grupo que había bajado volvió entusiasmado. La caminata fue complicada, pero había valido el esfuerzo. Era la hora de beber una taza de chocolate bien caliente para recuperarse.

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A la tarde, debuté en mi propia aventura. Había llegado la hora de desafiar el vértigo, haciendo frente a los hielos eternos. 
Primero me había deleitado el panorama admirable del Canal de Beagle, antiguamente conocido como Onashaga por el pueblo Yagan, el pueblo originario de la región. Durante el recorrido pude observar los pájaros aproximarse al barco e interpretar los detalles del paisaje con la ayuda de los guías.
Ahora iba a ir por más.

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Entramos al Fiordo Pía. Está ocupado por un glaciar imponente. Desembarcamos a bordo de los botes zodiacs con alguna dificultad. Nos habían preparado para ello. Estos botes son gomones bastante bien plantados. Pero el mar es impetuoso en esas latitudes. Nos ubicábamos sentados en el borde, sujetando un soga con firmeza. Pero el viento tampoco nos ayudaba.
Sin embargo, llegamos sin perder a ningún tripulante.
Después pudimos caminar por los senderos rocosos hasta uno de los miradores. 

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La vista era sublime. Los guías nos hablaban del proceso de formación del glaciar y de sus partes. En ese lugar, las porciones de las enormes rocas heladas son evidentes. Los colores celeste y azul de los estratos tienen que ver con la concentración del hielo milenario. En varias oportunidades el ruido ensordecedor de la rotura nos interrumpió. 
Una maravilla natural, pude hasta tocar y desgranar los trozos de hielo con mis propias manos!

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El fin de la jornada nos encontró fatigados pero felices. Era la hora de la ducha bien caliente y de la cena después con el Capitán y los compañeros de hazañas. 
Los platos incluían siempre frutos de mar y pescado fresquísimo. Todo rociado por excelentes vinos chilenos. Puede haber un menú mejor en los mares del sur? 
Más tarde, la tripulación nos anticipó los detalles de la excursión al Cabo de Hornos que nos esperaba para la madrugada del día siguiente.

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Las aventuras en la Patagonia austral... continuarán.

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